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dissabte, 2 d’abril del 2011

Como caracoles a la lluvia

Los holandeses llevan ya una semana hablando de que hoy Sábado haría un calor como si estuviéramos en pleno verano. Siguiendo su buen hacer, todos han planificado actividades al aire libre para aprovechar el caluroso abrazo solar y máxime cuando pronostican cielo encapotado y lluvias para mañana.

Montado en mi Gazelle quería visitar Valkenburg, ciudad al este de Maastricht y así despejarme de tanta ciudad y ordenadores. La ruta empieza callejeando hasta que se cruzan las vías del tren y uno se adentra en una barrio residencial silencioso de casas de dos alturas. Poco a poco las casas empiezan a distanciarse hasta que aparecen verdes campos a ambos lados del carril bici y la carretera al finalizar Bergerstraat. Ese es el límite de la municipalidad de Maastricht que deja paso a la de Valkenburg aan de Geul, cuya capital era mi destino y que tiene una densidad de población de 464 hab./km² (comparable a los valores de La Bisbal d'Empordà con 505,2 hab/km²). La planície poco a poco va deformándose a lo largo de Rijksweg para llegar a Berg en lo alto de una montaña. Los campos se extienden ya sin miramientos hasta el infinito como se puede apreciar al abrir la página de la municipalidad.




No en vano su nombre significa ese tipo de accidente geológico. Las perlas de sudor ya acechaban mis pómulos. Seguramente no haya mucha ascensión pero no estoy acostumbrado a ir con una bicicleta que tiene de serie un pato grande y que sólo tiene tres marchas y que sus ruedas son grandes. Con o sin excusas, el caso es que desde Berg el camino sigue con una ascensión a intervalos pero de una forma más sosegada hasta Vilt. Mucho no he visto porque iba ya con velocidad de crucero. Poco más tarde, un gran giro a la altura del Valkenburg Holland Casino y el centro balneario Thermae 2000 desemboca en una caída casi libre a la hondonada dónde se encuentra Valkenburg. La bicicleta se ha desbocado con la ayuda de la serpenteante carretera que de forma intimidatoria se acecha al centro de la ciudad. La mitad del trabajo estaba hecho pero un sentimiento a medio camino entre el reto y el temor se ha instalado en mi ser. Todo lo que baja, sube.


He callejeado sobre la bicicleta por entre las calles peatonales asediadas de mesas y sillas al exterior que por aquel momento no estaban densamente pobladas como cuando he emprendido mi regreso.
 

Con casi 6000 habitantes, la ciudad conserva ruinas del castillo, las minas de caliza de Steenkolenmijn y mucho turismo de media clase que superpueblan los recintos de las afueras ya comentados y los cámpings y, de paso, bares y restaurantes y tiendas de recuerdos que, por esta vez, no han recibido mi atención.


En cambio sí que han recibido mi anteción los edificios antiguos y su característica arquitectura y combinación de pintura y piedra y la graciosa estatua de una chica en un puente sobre el río Geul.



Foto de Paul Hermans

Esta vez, siguiendo la estricta normativa vigente en las cercanías de las obras, se ha ataviado con chaleco reflectante y casco. ¡La seguridad y el buen humor siempre ante todo!


Mis devaneos me han llevado a visitar la estación de ferrocarril en uso más antigua de todo el país. Más bien parece un fortín como los de EXIN Castillos y más si se tiene en cuenta la guarnición a ambos lados del acceso pertrechados con sendas cervezas.




La línia férrea conecta con Maastricht y con Heerlen y como se ve, debe dar gusto ir en el convoy que parece nuevo y reluciente.

Eso sin contar el inmensio párking para coches y bicicletas.



Bueno, tanto ir en bici y de paseo tenía que tener fin. Una cerveza Brand bajo el tórrido sol de mediodía con la bici enfrente descansando en la sombra.



Cuatro tragos después era hora de emprender la dureza de la vuelta a casa por Cauberg, la carretera utilizada en mi acceso. Recordemos que estoy fuera de forma y que la bicicleta no es profesional ni es de ciclismo en ruta.

Veamos un ameno vídeo y luego continuemos el relato. El video es de la conocida Amstel Gold Race 2010 e interesa ver a partir del minuto 1:50.



Bueno, como se aprecia, el líder pierde toda su ventaja al desfondarse en el tramo final: la subida de Cauberg con un 12% de desnivel. He aguantado el tipo junto con otros ciclistas perfectamente equipados dejando en la cuneta mis riñones y a una pareja con bicicletas de ciudad como la mía. Deciros que ahora aprecio y respeto mucho más el ciclismo.



Dejado atrás el criminal ascenso he empezado a deshacer el recorrido anterior hasta Vilt. Ahí he tomado la dirección sur hacia Sibbe. Bonitas masías y espectaculares caminos arenosos que poco a poco van perdiendo altura.






El único molino de viento del camino visto de cara al ir acercándome parecía majestuoso .


He hecho unos cuantos malabarismos para no caerme al intentar hacerle otra foto cuando lo iba dejando por atrás. Si no me equivoco, hay un bar justo a los pies del mismo aunque ya iba servido por hoy.


La carretera ha sepertenteado un poco más bajando de altitud pasando por Bemelen hasta llegar al barrio residencial del principio con una fuerte brisa de cara sumada a la velocidad.



En total unos 25km y la cara y los brazos enrojecidos por haberlos sometido últimamente al letargo de la oscuridad nublosa. Un buen entretenimiento para el plácido día a la espera de lo que pueda suceder mañana.




dimarts, 8 de març del 2011

Corriendo entre prados

Ayer fui a correr por primera vez por la ciudad y alrededores. Todavía la gente estaba de fiesta y alborotando Vrijthof y calles adyacentes con disfraces multicolores, música a todo trapo y fiesta sin cuartel.

Deseaba ver los límites de la ciudad y descubrir los prados verdes que había vislumbrado a través de la ventanilla del tren desde Bruselas. Llegando a Emmaplein ya empieza la zona residencial con casas de dos plantas unifamiliares. Calles aún más tranquilas si cabe sin rastros de comercios en las plantas bajas sino con garajes y pequeños jardines. Me imagino que la población debe ser de mediana edad y gente mayor ya que no me crucé con casi nadie.

El atardecer iba avanzando lentamente y el crepúsculo todavía iluminaba la transición del asfalto a la tierra de los caminos que se alejaban más allá del término municipal. Campos con caballos pastando, edificaciones solitarias, huertos frondosos.

Holanda debe ser plana pero aún así cerca de Maastricht hacia el oeste hay onduladas colinas que suavemente mecen la tranquila ruta. En las crestas, rodeado de prados intensamente verdes se divisa Maastricht y pequeñas poblaciones limítrofes a la cercana frontera belga. Hasta una quincena de estelas de aviones comerciales rasgaban el cielo en varias direcciones. Con un poco de imaginación y razonamiento, uno puede determinar el punto donde todas se cruzarían: Schiphol. El camino, empezando ya la cuesta abajo, indica que se ha superado la mitad del recorrido y que no van a haber más cuestas ascendentes.

Bélgica está a menos de un kilómetro. La próxima vez me pasaré por allí para comprar chocolates y recuerdos turísticos.

El retorno frío y ventoso hacia mi piso se eterniza por la oscuridad presente y el cansancio de tener un cuerpo nada entrenado para el esfuerzo físico. Llego al piso hambriento soñando con un buen filete aunque sé que no debiera.

Un par de huevos ‘biológicos’ y zumo multivitamínico hace las veces del pedazo de carne. El cuerpo, machacado, se desvanece en la cama. Son casi las 10.